“Veía los camiones cargados de muertos para los hornos”

08/Jun/2016

El País, España, Por Carlos Yárnoz

“Veía los camiones cargados de muertos para los hornos”

Entrevista con Virgilio Peña, superviviente de
la guerra civil que coincidió en el mismo barracón del campo de concentración
de Buchenwald con Jorge Semprún.
Virgilio Peña (Espejo, Córdoba, 1914) lleva
grabados en su cuerpo y su alma los más negros capítulos de la historia de
Europa del siglo XX. Agricultor, militante de las Juventudes Socialistas
Unificadas (JSU), combatió con el Ejército republicano los tres años de la
guerra civil. Pasó como refugiado a Francia en 1939. Se incorporó a la
Resistencia en 1942. Cuenta en esta entrevista, hecha en su casa de Pau el
pasado invierno, que lo delató un compatriota. “Creo que era de Jaén”.
Detenido por la policía francesa en Burdeos,
enseguida fue entregado a las SS alemanas y enviado al campo de concentración
de Buchenwald, clasificado como terrorista con el número 40.843. Dormía en el
mismo barracón que Jorge Semprún, el intelectual y político español fallecido
hace cinco años. Los dos fueron testigos de la muerte de decenas de miles de
personas en el campo. “He estado tantas veces a punto de morir…y, mira, aquí
sigo”.
Pregunta. ¿Cómo fue el traslado a Buchenwald?
Respuesta. Creo que es lo peor que he pasado
en mi vida. Nos metieron en un vagón marcado con las cifras 8/40, que quería
decir que era para ocho caballos o para 40 personas. Eran de transporte de la
primera guerra mundial. Fue criminal. Nos metieron a 80 o 90 personas.
P. ¿De dónde a dónde?
R. De Compiègne (al norte de París) a
Buchenwald. Tres días y dos noches sin parar. Los pasé siempre agarrado con
estos dos dedos –muestra el índice y el corazón de su mano derecha-, enganchado
a una manilla, siempre de pie.
“Nos cortaron el pelo por todos los sitos,
salvo las cejas y las pestañas”
P. Era enero. Debía hacer un frío tremendo.
R. No, al revés. En el vagón nos asfixiábamos
de calor por la gente. Y no había agua. Los tornillos del vagón sudaban por la
humedad. Yo pasaba la lengua por esos tornillos y me bebía aquello, que debía
ser veneno.
P. ¿Cómo fue la llegada a Buchenwald?
R. Intenté bajar el primero. Ayudé a bajar a
un francés de Angulema. Había sido comandante de aviación en la guerra del 14.
Resultó herido gravemente y no tenía fuerza en los brazos. Lo cogí en el aire
y, de pronto, un SS me dio tal culatazo en la espalda que aún me duele. ¡Vaya
culatazo me dio el tío!
P. ¿Qué ocurrió en las primeras horas?
R. Nos desnudaron a todos. Nos cortaron el
pelo por todos los sitos, salvo las cejas y las pestañas. Nos obligaron a
meternos en una piscina de 1,60 por 0,90 metros con líquido desinfectante.
¡Cómo picaba todo el cuerpo! ¡Terrible! Saltábamos como monos. Nos dieron
pantalón, chaqueta y gorro de rayas blancas y azules. Y unos zapatos con suela
de madera.
P. Y un número.
R. Me dieron el 40.843. Nos inyectaban
líquidos cada semana. Cada semana, un pinchazo. Y luego analizaban las
reacciones. (Así murieron miles de prisioneros del campo). Luego me llevaron a
un bloque.
P. ¿Cómo era?
R. Tenía el número 40. Para entonces, ya me
habían dado para coserme a la ropa mis símbolos de identificación: un triángulo
rojo, con la letra S (Spanien) y el número 40.843.
P. Rojo por terrorista.
R. Sí, claro.
P. ¿Qué trabajos hacía en el campo?
R. Estaba en una fábrica de muebles. Había
otras dos de armas. En agosto de 1944, la aviación americana destruyó las
fábricas. De la mía, el trozo más grande que quedó era como un palillo de
dientes. Varios compañeros aprovecharon los bombardeos para robar armas. Se
llevaron pistolas, metralleta… Un amigo mío que luego murió en Tarbes robó dos
metralletas y me dio una. Las escondimos. Fueron las armas con las que
liberamos el campo.
“Nos inyectaban líquidos y luego analizaban
las reacciones”
P. Y allí conoció a Semprún.
R. En el bloque en el que yo estaba había dos
niveles distintos, como si fueran dos pisos conectados por dos escaleras. Yo
estaba en la zona alta y Semprún, en la de abajo. Un día bajaba yo por la
escalera y me dice: Tú eres español. Y tú también, le contesté. Hicimos buena
amistad. En la zona alta del bloque coincidimos al final seis españoles.
Charlábamos todos por las noches. Nuestro responsable era el famoso Celada, un
camarada del comité central del Partido Comunista.
P. Celada era más o menos su jefe.
R. Bueno, nuestro responsable. Nos preguntaba
qué habíamos hecho cada cual, a qué nos habíamos dedicado… Yo era el único
campesino, así que todos me llamaban El Campesino. Estábamos con un tal
Martínez, de Zaragoza, responsable de las Juventudes Libertarias, que le habían
detenido cerca de Perpiñán…; con otro de Madrid. Éramos todos buena gente.
P. Clasificados como terroristas.
R. Para nosotros, no éramos terroristas. Pero
he tenido mala suerte en la vida. Siempre me han puesto lo más malo.
P. ¿Siguieron viéndose después de dejar el
campo?
R. No. Semprún, por ejemplo, con quien tuve
muy buena relación en el campo, salió de los primeros, con los franceses tras
la liberación, que fue el 11 de abril de 1945. Y eso que Buchenwald fue un
campo muy especial.
P. ¿Por qué?
R. Porque fue el único gestionado por los
propios alemanes presos. El campo se creó en 1937. Allí encerraron primero a
los presos comunes. Luego entraron los antifascistas: comunistas, socialistas,
masones… A diario mataban a cuatro o cinco. Todas las mañanas aparecían
colgados cinco o seis hombres de una encina, la famosa encima de Goethe.
“Semprún y otros alemanes evitaron muertes
falsificando documentos”
P. Allí murieron decenas de miles.
R. Sí, claro. Luego leí que 51.000 o 53.000.
Había cuatro hornos crematorios. Los veía a diario. La zona en la que yo
trabajaba con mi komando lindaba con uno de los hornos. Y veía cómo llegaban
los camiones cargados de muertos. Eran camiones-volquete. Los tiraban, los
dejaban a amontonados. Un equipo de polacos se ocupaba de apilarlos cuando ya
no había ni sitio en los crematorios. Cuando llegaron los americanos, había una
pila, como la mitad de esta habitación, con cadáveres apilados hasta una altura
de más de dos metros y medio.
P. ¿Muchos judíos?
R. No. La mayoría no éramos judíos. Solo había
30 o 40. Los habían llevado a otros campos.
P. Semprún cuenta que él, destinado en la
oficina, falsificaba datos para evitar muertes.
R. Sí, sí. Imagina que a mí me tenían que
matar. Y que tú ya estabas muerto. Semprún y otros alemanes cambiaban los
documentos y a mí me ponían tu número. Por la mañana, el komando que iba a
buscar a los que iban a matar se encontraba a veces con que ya estaba muerto
alguno a los que debían localizar.
P. ¿Usted supo entonces que Semprún hacía eso?
R. No. Lo supe luego.